“La marihuana no hace nada (y yo me lo creí)”: La carta que deben leer todos los jóvenes

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Fue un testimonio personal, un dolor y una frustración que un joven quiso contar a sus amigos en Facebook. Lo posteó en su muro y a lo largo de los meses, su post no sólo fue traducido por voluntarios a varios idiomas sino que no para de rebotar en las redes, generando conversaciones, confesiones, adhesiones, repudios.

Vale la pena leer este testimonio y, en todo caso, tomar decisiones con información para cuidarse más y cuidar mejor.

“Mi padres siempre me dijeron que la droga mata, pero yo veía muchos chicos fumar marihuana y ninguno se moría. Y veía también que mis amigos, cuando fumaban, empezaban a reírse y a divertirse. Me decían ´lo que mata es el cigarrillo de tabaco, por eso yo fumo marihuana´. Ellos fumaban y nadie mejor que ellos para decirme la verdad sobre el porro era o no peligroso. Fui directamente a la fuente, a los que fuman, y me aseguraron que eran todas mentiras, que el porro sólo relaja y divierte. Que te sientes genial. Que no había riesgo y que los caretas sólo quieren asustarte.

Lo curioso es que algunos padres de amigos también se habían dejado convencer. “Lo hacen todos, fuman en todos lados, es un pasatiempo. No hay nadie que no lo haga y la gente sigue con sus estudios o su trabajo sin problema. Peor es el alcohol.”

Todos fuman, dicen, y los padres quedan sin armas, se entregan. Si dicen que no o te hacen problema, parece que estuvieran en contra de la sociedad o que no entienden nada. Atrasan. No tienen onda.

Todos decían que fumar no hacía nada y me convencieron. Quería ser como ellos, reírme como ellos, sentirme especial como ello. Lo probé y me desinhibí, era otro. Y estaba bueno, me gustaba hacerlo, me sentía seguro. Primero era cada tanto y de a poco lo empecé a necesitar. Para salir, para pasarla bien, para bajar la ansiedad, para disfrutar una película, para animarme a estar con una chica.

El porro me fue tomando. Empecé a fumar cada vez más seguido. Y empezó a haber problemas en mi casa, me empecé a distanciar, sentía que nadie me entendía, que el problema de mi vida eran ellos. En mi familia me decían que no se me podía hablar, que reaccionaba mal, que estaba irritable, siempre ajeno a todo. Yo les decía que no se metieran en mis cosas.

Cuando las cosas se ponían duras en el colegio, me fumaba un porro y me dejaba de preocupar. Todo estaba bien… Pero me fui alejando de mi vida. Hasta mi novia me dejó, pero ya no me importaba nada. Dejé de ir al club, dejé inglés, y empecé a pasar cada vez más tiempo con mis amigos del porro, incluso en horarios de colegio.

Mi mamá se enojaba porque a casa iba sólo a comer y a encerrarme en mi pieza. Y que generaba conflictos por todo. Juan, un amigo de la infancia que nunca consumió, dice que yo sentía que estaba bárbaro porque no me daba cuenta de la realidad. Que todo estaba muy mal y no lo veía, que hasta me bañaba poco y mi junta en la calle era cada vez peor.

Me costaba estudiar, me pasaba horas sobre la misma página del libro, no lograba memorizar ni concentrarme. Empezaba a olvidarme algunas cosas. Terminé repitiendo año y dejando la escuela. Todo se derrumbó.

Yo pensaba que la manejaba, que podía pasar días sin fumar si quería, pero siempre necesitaba tener una dosis diaria guardada, por la ansiedad y por el nerviosismo. En general, en algún momento terminaba fumando, aunque sea para dormir.

Algunos días no lograba sentirme bien con el porro y sumaba una cerveza. Y si entre el alcohol y la marihuana terminaba muy planchado, me enchufaba un poco con cocaína. Más de una vez me asusté porque sentí que el corazón se me salía del pecho.

De a poco, me fui dando cuenta que no podía parar. Todo se fue al diablo. Hoy tengo 24 años y estoy en una comunidad terapéutica. Mis padres, cansados de que yo siga “vegetando” sin concluir nada, me internaron. Yo me negaba, me peleé mucho, pero ellos me plantearon que si elegía seguir con la misma vida, no me iban a mantener más, que me tenía que ir de casa. Yo no tenía manera de conseguir ningún trabajo, porque era un inútil, y las changas que conseguía no me alcanzaban para alquilar nada ni mantenerme. Entonces accedí. Pensé: “no tengo para alquilar o comer, me quedo en un centro de rehabilitación, así los dejo tranquilos por un tiempo y me dejan de joder”.

Nunca dejaré de decirles gracias. A las semanas de dejar el porro empecé a tomar conciencia de la realidad que vivía y cómo me había engañado durante años. La marihuana alteraba todo lo que yo veía y cómo lo percibía. Veía una realidad diferente a los que no fumaban. Vivía de sueño en sueño, de locura en locura… Me hacía unos castillos fantásticos, en el aire, pero después no concretaba nada. Y cambiaba mis proyectos semana a semana, año tras año.

A veces me siento como un estúpido, infantil, que llora por su mamá o por una pequeña frustración, y me da vergüenza verme tan detenido, tan inmaduro. Es como si hubiera dejado de crecer el día que me enganché y me enamoré de la marihuana. No aprendí a resolver problemas, no aprendí de las experiencias, todo lo tapaba con un porrito. Me sentía muy capo, muy vivo, y todos mis pares avanzaron y progresaron y yo sigo como un adolescente, sin rumbo, vulnerable, quebrado.

Cuando entré al centro de rehabilitación no me quería quedar porque había varios chicos chapita-chapita, y yo era sólo marihuanero. Pero después supe que empezaron como yo, enamorándose del porro. Escuchaban voces (alucinaciones auditivas), hablaban solos y no coordinaban mucho lo que decían, a pesar de estar ahí desde hacía varios meses sin consumir drogas.

Después me explicaron que la marihuana en algunas personas desencadena una psicosis (no tener contacto con la realidad, entre otras cosas), y que algunos mejoran con medicación si no fuman más marihuana pero otros jamás se recuperan de su enfermedad mental.

Para entender un poco mejor empecé a leer, y supe que las drogas estimulan la liberación de una sustancia (neurotransmisor) que se llama dopamina. Esta sustancia estimula una zona del cerebro, que se llama Centro de Recompensa, dando como resultado una sensación de placer. La persona quiere repetir esta sensación y, para lograrlo, debe aumentar de a poco la frecuencia y la cantidad del consumo, y se hace cada vez más difícil decir que “no” a “eso” que te da placer y que, encima, “todos hacen”.

A medida que se aumenta el consumo, las neuronas se acostumbran, se van adaptando al nuevo invitado químico, y se hace cada vez más difícil o imposible dejarlo. Es que la adicción es una enfermedad: intervienen mecanismos biológicos, no sólo psicológicos y no se cura sólo con la voluntad.

La propiedad mágica de la droga es que hace sentir placer inmediatamente. Pero es importante que alguien te diga la verdad: uno se enamora, se casa, y lo mas triste es que no te podes divorciar. Si te dicen que el porro no hace nada, por favor, al menos, no les creas”.

Fuente: www.tac3news.com

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